El crimen ritual de los Alexander

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Alfonso Ferrer / S.C. Tenerife. 

Una locura mesiánica se desató en 1970 en una céntrica calle de Santa Cruz de Tenerife. El resultado fue una orgía de sangre sin precedentes en la crónica nacional de sucesos. Caso Siete rescata del recuerdo un estremecedor crimen que en su momento impactó por su extrema crudeza en la opinión pública del país.

 Los antecedentes de los Alexander, antes de desplazarse a Tenerife en abril de 1970, ya apuntaban a que no se trataba de una familia convencional. Durante su estancia previa en Hamburgo, los vecinos rumoreaban sobre extraños comportamientos en la familia que incluían rituales de una misteriosa religión y prácticas incestuosas.

Harald, el padre, de 39 años de edad en aquel entonces, se había afiliado a una corriente de pensamiento gnóstico-cristiana aderezada con elementos de carácter esotérico, se creía un elegido por la providencia. Se trataba de la Sociedad Lorber, inspirada en las visiones de Jacob Lorber, un profesor de colegio austriaco que vivió en el siglo XIX y que a los 40 años de edad comenzó a ser receptor de mensajes proféticos dictados por el Espíritu Santo. El legado de Lorber constituiría el ideario de la aludida sociedad que, a partir de mediados del siglo XX, estaría liderada por Georg Rihele, un discípulo directo de Lorber que también se creía un elegido.

Harald Alexander entró en contacto con Riehele y su doctrina en Alemania. Llegaron a establecer una estrecha relación. De hecho, cuando Riehele falleció, Harald se encontraba acompañándole al lado de su lecho de muerte durante sus últimos minutos. A partir de entonces, Alexander asumiría el rol de mesías heredado de su anterior maestro, aparte de un acordeón con el que Rihele acompañaba las alocuciones ante sus  seguidores, y que tendría un papel funesto el día de autos.

Así, Harald llevaría a cabo hasta sus últimas consecuencias, en el seno de su propia familia, las creencias practicadas en la Sociedad Lorber.

El crimen tuvo lugar en la santacrucera calle Jesús Nazareno
El crimen tuvo lugar en la santacrucera calle Jesús Nazareno

Nace el ‘mesías’

Casi todas las circunstancias que afectaban a la familia eran interpretadas en clave divina por Harald. Todo parecía ocurrir por alguna razón providencial. Así que no era de extrañar que cuando nació su hijo Frank, en 1954, viera en él la semilla del profeta. Frank parecía ser el mesías largamente esperado por la Humanidad. Cuando cumplió los 16 años, se podía decir que era el hombre de la casa. Todo se hacía conforme al gusto del chico y ninguna de sus decisiones eran puestas en duda.

Las creencias profesadas por el padre de familia relegaban a la mujer a un segundo plano de la Creación ya que, según algunas interpretaciones, Eva había nacido de una costilla de Adán; era, por tanto, un sucedáneo del hombre. En este ambiente, no era de extrañar que la voluntad de las cuatro mujeres de la casa, Dagmar, la madre de 41 años, y las tres hermanas, Marina, de 18, y las dos gemelas, Sabine y Petra, de 16, estuviera supeditada a las órdenes y deseos de los dos varones de la familia.

Frank no podía mantener relaciones con chicas de su edad. Cualquier otra mujer que estuviera fuera de entorno era considerada como “sucia”. La única opción fue la de relacionarse sexualmente con su madre y hermanas, con el beneplácito de su padre, Harald.

Esta aberrante forma de comportamiento terminó llegando a oído de las autoridades, y los Alexander decidieron poner pies en polvorosa y volar a Tenerife. Se instalarían en el número 37 de la calle Jesús Nazareno de la capital.

La peculiar forma de actuar de la familia, en especial de padre e hijo, estaba guiada por una especie de instinto, no obedecía a razones. Así, creyeron ver en Tenerife, el destino dictado por la divinidad, cuando tras recibir una jugosa herencia económica, recibieron  la oferta de comprar en el sur de la isla, posiblemente en Los Cristianos, un terreno por un valor de 3 millones de pesetas.

En Tenerife intentaron llevar una vida normal. Los hijos se pusieron a trabajar en diversas ocupaciones, algunas de las hermanas se dedicaban a labores domésticas en otras casas y Frank era repartidor. Sin embargo,  los rituales y los cánticos seguían teniendo lugar en el hogar, algo que despertó la atención de los vecinos.

Frank y Harald, durante el proceso judicial
Frank y Harald, durante el proceso judicial

Se desata el infierno

La tarde del 16 de diciembre de 1970, Frank creyó ver algo extraño en la mirada de su madre. Era como si le desafiara. Acto seguido cogió una pesada percha del armario y comenzó a golpear repetidas veces el cráneo de la mujer hasta dejarla inconsciente. Ante la complaciente mirada de Harald, que en ese momento comenzó a tocar el acordeón y a recitar salmos, siguió golpeándola con un nivel de madera. Posteriormente, padre e hijo, se ayudarían en la macabra labor de mutilar los órganos sexuales de la víctima, las “partes ofensivas”, tal y como lo consideraban ellos. Ayudándose de cuchillas de afeitar y una tijera de podar, seccionaron los pezones y los clavaron en la pared. Posteriormente, abrirían el torso para extraer el corazón. Éste fue atado a una cuerda y también colgado de uno de los tabiques de la casa.

La misma suerte correrían sus hermanas, Petra y Marina, que se hallaban en sus cuartos. Las chicas no opusieron resistencia. Parecían asumir que ese era su destino. Fueron igualmente mutiladas y desvisceradas. En el interior del intestino de una de ellas se halló un trozo de madera que habría correspondido a un palo introducido por el ano.

Sabine se había salvado de la carnicería debido a que en ese momento se encontraba trabajando como asistenta doméstica en la casa del doctor Walter Trenkel.

Los dos asesinos, después de lavarse y cambiarse de ropa, intentaron huir de la isla pero su intento fue en vano al haber destruido sus pasaportes. La Policía encontraría posteriormente, en dos sacos, multitud de cartas y documentos rotos en un intento por romper con su pasado.

Se dirigieron a Los Cristianos para intentar contactar con el psiquiatra alemán Udo Debolvsky pero se encontraba ausente. Estuvieron un rato deambulando por el solar que habían adquirido, y que había motivado su desplazamiento a la isla desde Hamburgo, y decidieron ir a La Laguna, a la casa del doctor Trenkel, para hablar con Sabine. Una vez llegaron, le pusieron al tanto de todo lo acontecido, justificando su acción como algo inevitable. La hermana de Frank aceptó el relato de los hechos con una serenidad sobrehumana. Trenkel,  que había escuchado sobrecogido la conversación, llamó al Consulado alemán. La Policía finalmente detuvo a los dos hombres.

Posteriormente, las autoridades entrarían en la casa de la familia siendo testigos de un infierno insoportable. Había manchas de sangre hasta en el techo y en las paredes aparecían clavados restos humanos. Los cuerpos de las tres mujeres yacían en sus respectivas habitaciones, totalmente descompuestos.

La prensa se hizo eco del dramático suceso
La prensa se hizo eco del dramático suceso

Absolución por trastorno mental

Cuatro horas y media duraría la vista la vista judicial en la Audiencia Provincial, en Santa Cruz de Tenerife, iniciada a las 10 y media de la mañana del 23 de marzo de 1972. Ante una sala repleta de público, se repasaron los hechos acaecidos en la trágica tarde del 17 de diciembre de 1970. El mutismo de los dos acusados era total.

Los dos peritos médicos, los doctores Serrano y Velasco Escasi, prestaron declaración afirmando que Harald era un enfermo mental del tipo “delirante crónico de base esquizofrénica”. Su hijo Frank habría sufrido un contagio psíquico o un trastorno inducido. A una pregunta del Ministerio Fiscal, Velasco, del sanatorio penitenciario de Madrid, en el que habían pasado algún tiempo los procesados, contestó que Harald le había manifestado que “El arcángel San Gabriel me habló en doce tonos distintos” o que “quería conquistar el reino de David”.

La aparente ausencia de los acusados durante la vista era sintomática del trastorno psiquiátrico que apoyaba las tesis de los peritos. Pese a todo, el Ministerio Fiscal, representado por Temístodes Llanos, pidió la pena de muerte para el padre (en aquel tiempo aún se usaba el garrote vil) y 20 años de reclusión menor por cada una de las víctimas, para el hijo.

Finalmente serían absueltos aunque habrían ingresado en un centro de salud mental. A día de hoy, se desconoce el paradero, tanto de los dos hombres como de la superviviente de la matanza, Sabine.

 

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